Giordano Bruno

17 febrero 2010


Hoy hace 410 años.

Quemado vivo en 1600 por el Santo Oficio, tras siete años de encarcelamiento, la muerte de Giordano Bruno abre el siglo XVII con la bravura de alguien que renueva una milenaria tradición en filosofía, y no cede al chantaje del verdugo. Temperamento semejante en algunos puntos al de Kepler, aunque más impetuoso y rebelde, el agudo contraste entre su actitud y la de Galileo ha hecho que suela presentársele como un provocador fanático, olvidando detalles precisos (su formación como geómetra, la precoz defensa del heliocentrismo, la originalidad de su pensamiento, la primera intuición del universo infinito), y olvidando también las circunstancias del proceso mediante el cual le fue arrebatada la existencia.
Bruno se defendió durante tres años, alegando que no era teólogo sino filósofo. Como la respuesta de los cardenales inquisidores —entre ellos San Roberto Belarmino, que intervino en la causa contra Galileo— fue exigir una retractación formal y global, Bruno, que tenía cuarenta y cinco años y amaba vivir, trató durante dos años más de demostrar la compatibilidad de la filosofía y la teología, y se ofreció a aclarar cualquier aspecto “oscuro” de sus tesis. La respuesta de los inquisidores fue reiterar su exigencia de una retractación «normal» (esto es, indiscriminada), y Bruno repuso: «No tengo nada de qué retractarme, y ni siquiera sé de qué se espera que me retracte». Clemente VIII, no tan clemente como su nombre, le declaró entonces hereje pertinaz. Cuando el Santo Oficio dictó el veredicto cuentan que el reo se puso en pie para afirmar: «Quizá vuestro miedo a sentenciarme sea mayor que el mío al conocer la sentencia». Añadió que ni tuvo ni tenía el menor interés en provocar a ninguna Iglesia (esto podemos ponerlo seriamente en duda), pero consideraba demasiado monstruoso «abjurar de la libre razón en general», sintiéndose incapaz de admitir que «en nombre de lo sagrado pudiera pedirse a un hombre tal cosa». Para impedir nuevas manifestaciones verbales, se le clavó la lengua al paladar inferior con un cepo de hierro. Algunos testigos dicen que sufrió con fortaleza ese y otros tormentos, consumados por el espantoso final sobre un suelo de brasas. Tenía a la sazón 52 años.
En la suerte de este pensador —y en la de contemporáneos como Vanini, quemado vivo por dar “explicaciones naturales” de algunos milagros— vemos hasta qué punto el espíritu del Renacimiento padece la acción combinada de la Reforma y la Contrarreforma, enemigas una de otra pero aliadas por un común terror al pensamiento libre. Giordano Bruno había nacido en 1548, hijo de un soldado profesional. Siendo casi un niño ingresó en la Orden de Predicadores (dominicos), por la cual fue procesado antes de cumplir los dieciocho años en base a la acusación de leer libros prohibidos (entre ellos Erasmo), y de cuyo tribunal logró huir. Colgados los hábitos, emprendió una vida de azarosos viajes por toda Europa, disertando y trabajando como corrector de imprenta. Tras un breve periodo inicial de buenas relaciones, se concitó la enemistad de Calvino. De hecho, en París, en Oxford y en Ginebra quienes se escandalizaron ante sus enseñanzas fueron los reformistas, y de Ginebra a duras penas –retractándose ante el tribunal- evitó ser ajusticiado como poco después lo sería Miguel Servet. La Inquisición católica le prendió por denuncia de un falso amigo, cuando había osado volver a Italia para optar a una cátedra de matemáticas vacante en Padua, plaza que le fue denegada y concedida algo después al joven Galileo. El motivo inmediato del procesamiento, aparte de la vieja acusación de leer libros prohibidos, fueron comentarios sobre la degradación de las órdenes eclesiásticas y el dogma de la inmaculada concepción de María, aunque toda su obra —penetrada de panteísmo— le hacía insufrible tanto para los católicos como para los protestantes y judíos. El conjunto de sus escritos rezuma un exaltado entusiasmo ante la naturaleza, no menos que —en palabras de Hegel— «una incapacidad para allanarse a lo finito, lo malo y lo vulgar».
Como a sus contemporáneos, le gustaban la magia, la alquimia y el ocultismo; su impetuosidad le llevaba a escribir atropelladamente sobre mil materias, bastantes de ellas afines a la charlatanería. Pero Bruno es el renacentista donde se expresa con más hondura la reconciliación de la inteligencia con lo natural, y el único filósofo especulativo de su tiempo. El elemento místico en él no son cantos a lo suprasensible y lamentos por la concupiscencia del mundo, sino visiones de la naturaleza en su infinitud actual, raptos de alegría ante la realidad sensible, que no excluyen una elaboración de conceptos muy notables para la historia del pensamiento posterior.

GÉNESIS Y EVOLUCIÓN DEL ANÁLISIS CIENTÍFICO
Filosofía y Metodología de las Ciencias Sociales

Antonio Escohotado

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